Este sentir, respeto y preocupación por el medio es una relación natural de muchas culturas silvestres, culturas que demuestran y procuran ese amor a los animales, las plantas y a todo el entorno natural, primando su entendimiento y su conocimiento, ajustándose en una relación armónica que no pretende sino aceptarla como es. Recuerdo la historia indígena de una tribu norteamericana que cuenta cómo el cazador, arrodillado frente al cuerpo de la presa recién muerta, pide perdón al espíritu del animal y le agradece pues por su muerte podrá alimentar a su familia. Otros ritos tribales muestran a la comunidad siempre en acciones de agradecimiento con la madre naturaleza por brindarle cosechas bondadosas. Historias como estas se repiten a lo largo de muchas culturas básicas y primigenias.
¿Es posible que la sofisticación y desarrollo de nuestra cultura nos haya hecho olvidar de dónde venimos y cuál es nuestro propósito?
Es fácilmente apreciable cómo la cultura humana, en muy reiteradas ocasiones, ha desconocido este respeto a la naturaleza, a la madre tierra. A falta de un entendimiento más profundo y respetuoso de los procesos naturales, se interviene apresuradamente en procura del desarrollo ocasionando, en un gran número de casos, efectos devastadores en función de los desbalances desatados en los ciclos naturales del planeta. No necesito colocar aquí mayores ejemplos, los vemos y tenemos a diario. Son temas de preocupación mundial. Esos desbalances se pueden encontrar, no solo a nivel mundial, se encuentran hasta en los niveles más básicos, como los locales.
Quizás con más conocimiento, más estudio y por supuesto, con más respeto a la naturaleza podremos continuar viviendo en el planeta, construyendo nuestros nidos en las ramas de los árboles, como lo hacen los pájaros, sin modificar todo el entorno a nuestro gusto y capricho sino entendiendo la humilde importancia de nuestra labor en la creación.